Quien esté libre de pecado…

OPINIóN

El problema del influyentismo. A todos nos carcome porque de diversa forma la nutrimos. Los retos.

MODO NOCTURNO

Germán Larrea es efectivamente, un traficante de influencias. 

 

Lo son Slim, Baillères, Azcárraga, Salinas Pliego, los Zambrano, los Garza Sada, Gastón Azcárraga y puedo listar a los 500 empresarios más ricos de México.

 

Bajo el entendido de que han hecho su riqueza en mayor o menor medida, haciendo tratos con la gente en el poder. 

 

Pasando primero que nadie a reuniones y obteniendo información privilegiada que les redituó en millones o en miles de millones de dólares. 

 

Traficar influencias y favorecerse de la cercanía de alguien poderoso es algo que puede catalogarse como corrupción. 

 

Lo mismo por millones o miles de millones de dólares, que para sacar rápido una licencia de conducir; obtener un permiso de construcción, liberación de obra, ganar una licitación en cualquier orden de gobierno. 

 

También un periodista que escribe a favor o en contra de un régimen o persona por un “chayo”; ganar un contrato en CFE, PEMEX o cualquier dependencia pública contando con contactos, tener información privilegiada o dar una “participación” del negocio a quien, desde el poder, puede “favorecer” una decisión. 

 

O en el día a día, darle dinero a un agente de tránsito que te detiene por exceso de velocidad. 

 

En suma, TODOS hemos traficado influencias en algún momento. 

 

Todos hemos participado de la corrupción que tanto nos enoja y que hoy señalamos con el dedo como si estuviéramos “libres de pecado” y estuviéramos en posición de arrojar, la primera piedra. Eso se llama hipocresía. 

 

Y es obvia, justa, razonable y racional la molestia de todos los mexicanos sin importar su posición. 

 

Porque hemos llegado a una situación deleznable donde servimos al poder. Donde “no queda otra” que darles a todos los candidatos dinero en las campañas si se es empresario, comerciante, profesionista. 

 

Porque de lo contrario cuando llegan al poder nos “cierran las puertas” sin importar el talento, la capacidad, la calidad de lo que se ofrece. 

 

El sistema parece haber construido “una barrera”, “una muralla” para rechazar el talento, la capacidad. Peor aun, la decencia. 

 

Dentro del sistema hoy, prevalecen individuos que están dispuestos a todo. Porque eso reditúa más en un sexenio, que en generaciones de trabajo honesto. La clase política en su mayoría, está descompuesta. 

 

Pero también lo estamos nosotros por haber permitido que se llegara a este punto. 

 

La defensa de cualquiera es válida: 

 

¿Qué puedo hacer yo ante un “monstruo” que opera bajo esas reglas? Nada. El sistema te aplasta. El sistema te come. El sistema te absorbe.

 

Y desafortunadamente para todos los mexicanos, llevamos décadas funcionando así. Por gusto o a disgusto. 

 

Porque hablamos de un sistema social, cultural, empresarial y político, que se ha venido gestando por décadas. Nuestros abuelos lo veían como “lo normal”, como “lo que había y punto”. Nuestros padres lo vieron y escucharon. Y sabiendo que no era lo correcto, “le entraron” porque era eso o no poder hacer negocios de ninguna índole. 

 

Nuestra generación no solo no lo combatimos sino lo tecnificamos. Somos la generación del lavado de dinero a gran escala y sin fronteras. No solo como mexicanos, es algo global que, eso sí, aquí en México elevamos a niveles de clase mundial. 

 

Ver los Panamá Papers o cualquiera de los archivos del famoso Wikileaks, o incluso recientemente el caso de Facebook y Cambridge Analytica lo comprueban. 

 

La descomposición es global. El dinero y el poder mandan.  La diferencia es que en México se volvió rapaz, se convirtió en descaro. 

 

Nuestra ética social en general se volvió laxa y aceptamos “lo que había” a riesgo de amanecer muertos, recibir una auditoría imposible de solventar, aun siendo el papa Francisco o de encontrase en la cárcel porque en un retén “alguien sembró” droga en tu cajuela. 

 

El enojo social está más que justificado. Y efectivamente, URGE un cambio, una recomposición. 

 

Pero de ninguna manera basada en absurdos como el populismo o sembrar en la mente de los mexicanos que todo aquel que tiene dinero es culpable de la pobreza que viven los que no tienen nada. Eso simplemente es una barbaridad que raya en el anti patriotismo. 

 

Enfrentar a los mexicanos sembrando odio y repartiendo culpas que son compartidas, solo a unos cuantos es muy miope, es absurdo, es inmoral. 

 

Tampoco se construirá un mejor país basado en engaños, alianzas, acuerdos por debajo de la mesa o a puerta cerrada creando una mafia del poder reloaded

 

Ser traicionero no debe ser considerado un atributo en una persona y menos en un político, desde ahí estamos mal. En aceptarlo y tolerarlo. 

 

Y resulta poco probable que una persona por preparada que esté y aun contando con gran experiencia profesional, logre controlar a los poderes fácticos que están a la sombra de lo que representan sus colores. 

 

Como dije anteriormente, todos o la mayoría de nosotros somos culpables de estar en este punto, con estas opciones, en esta encrucijada. 

 

Lo dramático es que estamos ante una decisión por demás relevante para esta generación y como mínimo, la siguiente. 

 

Sin duda el talento, la capacidad, el trabajo, la preparación, la calidad, el buen servicio, la buena atención deben ser recompensados. Que gane más quien más y mejor trabaja. Es lo justo. Pero, sin “diezmo”. (que hoy ya es mucho más que diez por ciento, mucho más). Sin “tener conectes”. Sin corrupción pues. 

 

¿Quién en su sano juicio no puede estar de acuerdo con esto? Sólo los corruptos y los huevones. 

 

La corrupción en México no se termina con el ejemplo del presidente. Suena romántico, es un principio, es bien recibido, es aplaudido, pero es utópico e ingenuo.  

 

La pobreza no se combate regalando dinero, ni dando becas a flojos que no estudian ni trabajan. Hacer eso solo quiebra las finanzas públicas y no mejora nada. 

 

No se puede comprar ni pagar por la decencia. Esa se trabaja. Desde la casa, en las escuelas. Se fortalece por supuesto si la gente no vive en condiciones de pobreza ni de ignorancia. La pobreza no le conviene a nadie. 

 

Pero 3,800 pesos para “alejar a los jóvenes de la delincuencia” requiere una ignorancia absoluta del comportamiento de cualquier ser humano. De hecho, resulta insultante para quien sí tenga que trabajar para ganarse esos 3,800 pesos. 

 

¿Acaso vamos a “inventarnos” una nueva ley de mercado para que la base de la huevonería en este país sean 3,800 pesos? Eso se llama populismo, y destruye sociedades. Sobre todo, aquellas cuya base social es de pobres. 

 

Porque un sistema social “demócrata” en América Latina (con comillas) se basa en un mercado de pobres. En mantener una clientela de pobres, a quienes se les “mantenga” económicamente basados en la ignorancia y poca educación, a cambio de su lealtad y votos. 

 

Los sistemas Social Demócratas (sin comillas), que mejor funcionan son los de Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda; se basan en tener una clase media grande, preparada, especializada que pague muchos impuestos. 

 

Y se basa en “limitar” la corrupción de sus funcionarios públicos (porque también existe por naturaleza humana), para que ese enorme pago de impuestos se vea reflejado en servicios públicos de calidad y donde la inseguridad se limita no porque la gente en esos países sea “superior” a los mexicanos, sino porque su sistema está diseñado para que romper la ley sea difícil y caro. 

 

Racionalismo económico puro. No rompo la Ley porque simplemente, no me conviene. 

 

Pero eso no lo logra una sola persona. Se llame José Antonio Meade, Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Anaya, Jaime Rodríguez Calderón o el espíritu santo. 

 

Revisando sus propuestas todos tienen buenas ideas, todos en algún tema dan en el clavo de lo se necesita. Dudo mucho que lo primero en la mente de cualquiera de los candidatos sea “joder a México”. 

 

La recomposición de México la logrará una generación completa que piense mayormente de esa manera. Que vea en el cumplimiento de la Ley algo que conviene a todos. 

 

Se logra erradicando la idea de que la corrupción “acelera el trámite”, “que conviene”. En el corto plazo da esa ilusión, pero en el mediano y largo plazo destruye sociedades.

 

Ahí estamos hoy en México, en ese punto. 

 

Deseo con todas mis fuerzas que le vaya bien a México. Me cuesta mucho trabajo entender a aquellos que se dicen: “ya que reviente esto y que vuelva a empezar, ya se han pasado de la raya así que ya, cualquier cosa es mejor”. 

 

Esas aseveraciones me sorprenden porque siempre hay algo peor. Porque yo no quiero que mi país “reviente”. Porque sé que destruir una oligarquía, históricamente solo resulta en ser sustituida por otra. Y el ciclo se repite, pero a costa de retrocesos de toda índole. 

 

Yo también quiero un cambio. Yo también estoy harto. Pero no votaré por enojo. Porque he aprendido que cuando algo se hace por enojo únicamente, nunca resulta nada bueno. 

 

Votaré, desafortunadamente no por el mejor, sino por el que considero “menos peor”. Votaré avergonzado, pero no por enojo. 

 

Es lamentable esta situación, pero nunca votaré para “reventar a México”. 

 

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